Aquellos Raros Peinados Viejos

[Este artículo fue originalmente publicado en 2007 en indie.cl]

Por Ana Sas y Rodrigo Arenas-Carter.

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Créditos de la imagen: https://www.flickr.com/photos/dub_tuner2/4654212744

A propósito del reciente cierre de Las Brujas, nuestros colaboradores Rodrigo Arenas y Ana Sas repasan a continuación aquellas discotecas que quedaron en nuestro pasado, aquellas que nos dotaron de los primeros baños de sudor, saliva y alcohol. Aquellos antros donde nuestras espinillas y hormonas nuevas se conformaron entorno a flashes que hoy son meras ruinas en nuestras retinas; borrosos y humeantes recuerdos que se bailaron donde las luces y sonidos nos traen la vergüenza de reconocer los peinados con laca, las donors, los carné de los hermanos, los pasos punchi-punchi y sobretodo la lista interminable de besos desconocidos que se integraron a nuestros infalibles glóbulos blancos

Casa Club

Escribir sobre Casa Club, que estaba ubicada en esa esquina al final de Pío Nono en la que ahora funciona una disco gay, es escribir sobre el pasado, presente y futuro de la música electrónica en Chile. Si bien ya no era tanta la novedad, y las fiestas en La Perrera son en estricto rigor el inicio del movimiento, este lugar representa la etapa de transición del underground santiaguino, hacia el mainstream que representan las fiestas con agua mineral cara y con sponsors dispuestos a entregar millones en auspicios. Casa Club funcionaba en una vieja casona de tres pisos. Cada piso respondía a un estilo en particular. En el primero reinaba el house, y todavía recuerdo a un desconocido Tony Mass pinchando “Red Alert” de los Basement Jaxx. En este piso estaba el bar, junto a un servicio de tatuajes que era toda una novedad en la época, y estaba aquel rincón que utilizaban los homosexuales y los amantes de la cannabis sativa para salir del paso. El piso del medio era un lounge para relajarse, donde nunca pasaba mucho. En el tercer piso reinaban el drum n´bass, el funk y los ritmos más negros. Creo que podría escribir un libro con todas las anécdotas que se vivieron allí. Podría incluso contar de la fiesta de clausura, en la que cada uno de los que fuimos nos llevamos algo del local. Podría contar de esa vez en la que los Primal Scream fueron a carretear después de su presentación en Chile. Podría contarte tantas cosas, pero sólo puedo decirte que Casa Club fue la Velvet Underground del mundillo electrónico chileno. Todos los que fuimos asiduos a este club terminamos haciendo algo, ya sea como djs, dueños de bares, productores, promoters, vjs, sonidistas, etc.

Astronauta

Astronauta está en esta crónica porque próximamente desaparecerá para convertirse en un nuevo edificio que albergará familias jóvenes en Irarrázaval. El “Astroguata”, como se le conoce entre sus parroquianos, es un exquisito antro que ha albergado tanto fiestas electrónicas como ochenteras, aunque musicalmente puede ser definido como un hermano menor del Bal-Le-Duc. Lo que realmente distinguió a este lugar era el que la pista de baile se ubicaba en un subterráneo maravillosamente punk, oscuro, sofocante y de paredes gruesas, lo que hizo las delicias de un par de generaciones de chicos de negro. Era tanto el encanto del lugar que muchos extranjeros con alma punketa apenas lo conocían ofrecían buenas cifras para comprar el lugar. Además los precios eran siempre accesibles, y la clásica chela de luca era lo que más se consumía en el bar que quedaba en el primer piso. Astronauta quizás nunca hubiera ganado un concurso de popularidad de clubes, pero sí debe tener el record del dueño y el público más “insólito” que jamás han habitado lugar alguno. Famosas son las anécdotas de la chica dark que le pidió confort al dueño para ir al baño, y éste a cambio le entregó un diario. O la de unos muchachos que produjeron una fiesta para “levantar” el lugar, y que cada vez que tenían que conversar con el dueño para organizar el evento, debían pagar la entrada ante el contundente argumento de “es que los amigos también pagan, poh h….”. O la de aquel chico delirante que, ante el ligero set de dj lako (una leyenda viviente del mundo new wave chileno) plagado de KMFDM y Lagrimosa, se le acercó y le dijo “ponte algo oscuro, algo realmente oscuro… ponte un tema de Spandau Ballet…”. En fin, esas y muchas otras anécdotas quedarán sepultadas bajo toneladas de cemento, próximamente.

Las Brujas

Mucho se ha escrito y comentado sobre el cierre de este enorme y longevo lugar con varias décadas de existencia a cuestas. Hablemos de su pasado más reciente: “Las Brujas” se había transformado en el refugio del nostálgico adulto ya no tan joven en búsqueda de música ochentera “bien”, o sea puro pop ochentero con harto rock latino y nada de extravagancias blondiescas. El ambiente, siempre pulcro y distinguido, sin peleas ni grandes emociones, ideal para llevar a la futura persona que ya se había comprometido a subir al altar contigo. Además, el sonido era increíble, y contaba con un restaurant en su interior. Entonces, no sé por qué se llamaba así. Podría haberse llamado “Peval”, “Dockers”, “Iberia”, o algo por el estilo. Su gran mérito fue sobrevivir a otras ilustres del género, como “Gente” y “Polo”. Si estás interesado, en su sitio web [www.lasbrujas.cl] están rematando el mobiliario….

Tantra Lounge

Si hubo un lugar que marcó el concepto de lo que es un lounge en Chile, y que además logró unir glamour extremo con el género musical electrónico en nuestro país, ese fue Tantra Lounge, ubicado en Barrio Bellavista. Más conocido como “el Tantra”, acudían en masa actores, estrellas de la televisión, diseñadores de moda, etc. El ingreso de personas al lugar estaba estrictamente controlado. Su punto más alto fue cuando Juan (ex Juanito) Yarur decidió celebrar su cumpleaños número 18 en este lugar, dándose el lujo de traer exclusivamente para esto a la cantante norteamericana Kym Mazelle. Fue el primer lugar en contar con tecnología de punta para los djs, además de que funcionaba en las tardes como bar restaurant. ¿Conoces esas camas y esa ambientación hindú que tiene el Kmazu? Son una copia rasca de la ambientación original del segundo piso del Tantra. Claro, es que Kmazu es una copia rasca del Tantra, con la gran diferencia de que se llena de modelos y futbolistas, en vez de actores y artistas plásticos.

La Cúpula de Cristal

Ubicado en las afueras de la ciudad de Antofagasta, este tugurio se caracterizaba por dos cosas: el cielo transparente que le daba el nombre a la disco, y un público, por decirlo menos, conflictivo. Era sabido que ir a la Cúpula de Cristal sin aunque fuese un linchaco (cosa que sí hizo un ex compañero de colegio mío) era ir a buscar problemas. Varios terminaron caminando por el desierto en pelota para regresar a casa. ¡Salud!

Primiteve

No, no es una falta de ortografía. Es la más antigua renovación de la vetusta Eve que presenciamos. Fue donde ensayamos nuestros primeros contoneos al son de los Backstreet Boys frente a algún púber lleno de espinillas que se movía como un botecito en alta mar. Fue la primera boité a las que nos dieron permiso para ir, bajo la condición de que nos fueran a buscar a las 2 de la mañana. Era muy poco tiempo para la fiesta, así que tuvimos que desarrollar una especie de ingenio para optimizar aquellas 2 horas y medias de fiesta. Recorrer aquel amplio y profundo antro con pinturas rupestres fosforescentes y un terodáctilo amenazante que emulaba la autoridad paterna, bailar en la tarima para mostrarse un poco y atraer rápidamente a alguna presa y luego sentarse a descansar en aquellos amplios e invitantes sillones dispuestos, estratégicamente alrededor de la pista de baile y sobre ella. Siempre mirando hacia ella, la guardadora de mil anécdotas, como la de un ex compañero de curso al que una “pinche” nocturna le pidió el celular… y el se lo regaló. ¡Plop!

Packard

Esta discoteque del barrio Suecia se las traía. Sus paredes de espejo y su escalera de caracol eran implementos que, definitivamente aprendimos a usar a nuestro favor para que no se nos pasara ni una. Las miradas furtivas, las bajadas de escalera como sacadas de la película Clueless y su –relativamente- cómodo sector de barra en el que siempre había espacio para una conversación, ehm, digamos, relativamente fluida. El lugar era pequeño pero siempre había mucha gente, multiplicada por los grandes espejos. Esto unido a la música que se componía de harto Juan Luis Guerra, harto Ricky Martin, harta J.Lo y los más recientes hits en inglés. Definitivamente era una gran opción a la hora de carretear. Bueno, por lo menos hasta que se cambiara de nombre, pusieran shows de vedettes y vedettos y te hicieran recitar enterito el RUT de tu carné falso para dejarte entrar.

Big Box

Otra boité del barrio Suecia, que atraía con su fachada azul y su terraza en la que se podía tomar un poco de aire luego de una maratón bailarina. Aquella terraza en la que alguna vez hubo que huir de alguna pareja de cuarentones entrados en tragos a los que les gustaba la sangre joven, seguramente porque la cercanía de las mesas hacía a algunos sentirse en confianza… La tónica no era tan distinta al resto de los lugares de Suecia, espacios pequeños en donde no sólo las mujeres tenían entrada gratis sino también regalos por estar ahí, como un par de pisco tours. Qué tiempos aquellos. Y de la gente, me remito a lo que alguien dijo por ahí: “los mismos jotes de todas partes”. La música en castellano era el fuerte del lugar: esa cancioncita de Antonio Banderas, El Símbolo, Vilma Palma e Vampiros y otros nos taladraron el cerebro noche a noche, dejando el espacio suficiente para algún impulsivo amor que trascendió de la noche sueca.

Green Bull

Este pub-discoteque (dependiendo de la hora) del barrio suecia funcionaba como pub hasta la 1 y luego sacaban las mesas y empezaba el baile. A la entrada te ponían un timbre en la mano (a veces los guardias se ponían confianzudos, condicionando la entrada a estampar un timbre en lugares un poco más exóticos), con el que podías salir y entrar cuantas veces quisieras. Pero estaba siempre repleto. Y había más viejos que en otros lados. Así que saquen sus conclusiones. ¡Ah! ¿¡Pero cómo olvidarlo!? Si ahí conocimos a los dos primeros eliminados de Protagonistas de la Fama que fueron a bailar sus penas a ese lugar… Este es el único dinosaurio que sobrevive aún en nuestros días, con tanto éxito que abrieron una segunda sucursal, justo al lado: Red Bull.

Coco Bongo

Tan sólo llegar a esta altiplánica discoteque capitalina, ubicada en la Plaza San Enrique era una aventura en sí misma. Nos bajábamos en patota de la micro, con actitud desafiante o bien tratando de hacerla piola si era la mamá de alguno la responsable de nuestra llegada segura al lugar. Buscábamos en seguida nuestro grupo, que se confundía con los muchos grupos de tempranos adolescentes que inundaban las afueras de las discoteques y la plaza. Aquí el público era mucho más homogéneo que en Suecia: en lugar de niñas y viejos verdes encontrábamos puros quinceañeros… bueno, y algunos “verdes” de 20, 22 años. Los más raperitos se iban al Poncho Arriero (vid. infra) y los más poperos al Coco Bongo. La razón hasta el día de hoy no la sé, porque la música era incluso más popera en el Poncho. En la Coco Bongo tocaban harto rock de los ochentas y principios de los noventas, harto pop en inglés y las típicas canciones pachangueras. Además, entrar era más desafiante que en el Poncho, pues aquí había que urdir todo tipo de estrategias para que las caras de guagua pasaran piola, como dejar pasar primero a las más altas y voluptuosas. Incluso, había afuera un tipo vendiendo (o arrendando) carnés falsos (¿robados?).

Poncho Arriero

Refugio de los más raperitos visitantes nocturnos de las discoteques de la Plaza San Enrique. La discoteque era larga y angosta. La guardarropía primero, luego la barra y pista de baile, luego sillones estratégicamente poco iluminados. Había incluso un patio con unos columpios, quizá porque los dueños imaginaban la edad de su público. Las bajitas tarimas se inundaban de mujeres-en-proyecto que intentaban moverse de una manera más o menos sensual. Bajo la tarima, los hombres-en-proyecto mirando, como gatos intentando escoger el más tentador bistec. La música: éxitos del pop nacional y extranjero. Y el apestosísimo remix de todas-las-canciones-de-Luis-Miguel y de Cosmic Girl de Jamiroquai que nunca, nunca faltaban. En la pista, se esparcían atropelladas parejas intentando algún baile en que el que guiaba era el más experto. Si no eras tú aquel, más te valía cuidarte del exceso de auto-confianza de tu compañero.

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