Aquellos Raros Peinados Viejos

[Este artículo fue originalmente publicado en 2007 en indie.cl]

Por Ana Sas y Rodrigo Arenas-Carter.

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Créditos de la imagen: https://www.flickr.com/photos/dub_tuner2/4654212744

A propósito del reciente cierre de Las Brujas, nuestros colaboradores Rodrigo Arenas y Ana Sas repasan a continuación aquellas discotecas que quedaron en nuestro pasado, aquellas que nos dotaron de los primeros baños de sudor, saliva y alcohol. Aquellos antros donde nuestras espinillas y hormonas nuevas se conformaron entorno a flashes que hoy son meras ruinas en nuestras retinas; borrosos y humeantes recuerdos que se bailaron donde las luces y sonidos nos traen la vergüenza de reconocer los peinados con laca, las donors, los carné de los hermanos, los pasos punchi-punchi y sobretodo la lista interminable de besos desconocidos que se integraron a nuestros infalibles glóbulos blancos

Casa Club

Escribir sobre Casa Club, que estaba ubicada en esa esquina al final de Pío Nono en la que ahora funciona una disco gay, es escribir sobre el pasado, presente y futuro de la música electrónica en Chile. Si bien ya no era tanta la novedad, y las fiestas en La Perrera son en estricto rigor el inicio del movimiento, este lugar representa la etapa de transición del underground santiaguino, hacia el mainstream que representan las fiestas con agua mineral cara y con sponsors dispuestos a entregar millones en auspicios. Casa Club funcionaba en una vieja casona de tres pisos. Cada piso respondía a un estilo en particular. En el primero reinaba el house, y todavía recuerdo a un desconocido Tony Mass pinchando “Red Alert” de los Basement Jaxx. En este piso estaba el bar, junto a un servicio de tatuajes que era toda una novedad en la época, y estaba aquel rincón que utilizaban los homosexuales y los amantes de la cannabis sativa para salir del paso. El piso del medio era un lounge para relajarse, donde nunca pasaba mucho. En el tercer piso reinaban el drum n´bass, el funk y los ritmos más negros. Creo que podría escribir un libro con todas las anécdotas que se vivieron allí. Podría incluso contar de la fiesta de clausura, en la que cada uno de los que fuimos nos llevamos algo del local. Podría contar de esa vez en la que los Primal Scream fueron a carretear después de su presentación en Chile. Podría contarte tantas cosas, pero sólo puedo decirte que Casa Club fue la Velvet Underground del mundillo electrónico chileno. Todos los que fuimos asiduos a este club terminamos haciendo algo, ya sea como djs, dueños de bares, productores, promoters, vjs, sonidistas, etc.

Astronauta

Astronauta está en esta crónica porque próximamente desaparecerá para convertirse en un nuevo edificio que albergará familias jóvenes en Irarrázaval. El “Astroguata”, como se le conoce entre sus parroquianos, es un exquisito antro que ha albergado tanto fiestas electrónicas como ochenteras, aunque musicalmente puede ser definido como un hermano menor del Bal-Le-Duc. Lo que realmente distinguió a este lugar era el que la pista de baile se ubicaba en un subterráneo maravillosamente punk, oscuro, sofocante y de paredes gruesas, lo que hizo las delicias de un par de generaciones de chicos de negro. Era tanto el encanto del lugar que muchos extranjeros con alma punketa apenas lo conocían ofrecían buenas cifras para comprar el lugar. Además los precios eran siempre accesibles, y la clásica chela de luca era lo que más se consumía en el bar que quedaba en el primer piso. Astronauta quizás nunca hubiera ganado un concurso de popularidad de clubes, pero sí debe tener el record del dueño y el público más “insólito” que jamás han habitado lugar alguno. Famosas son las anécdotas de la chica dark que le pidió confort al dueño para ir al baño, y éste a cambio le entregó un diario. O la de unos muchachos que produjeron una fiesta para “levantar” el lugar, y que cada vez que tenían que conversar con el dueño para organizar el evento, debían pagar la entrada ante el contundente argumento de “es que los amigos también pagan, poh h….”. O la de aquel chico delirante que, ante el ligero set de dj lako (una leyenda viviente del mundo new wave chileno) plagado de KMFDM y Lagrimosa, se le acercó y le dijo “ponte algo oscuro, algo realmente oscuro… ponte un tema de Spandau Ballet…”. En fin, esas y muchas otras anécdotas quedarán sepultadas bajo toneladas de cemento, próximamente.

Las Brujas

Mucho se ha escrito y comentado sobre el cierre de este enorme y longevo lugar con varias décadas de existencia a cuestas. Hablemos de su pasado más reciente: “Las Brujas” se había transformado en el refugio del nostálgico adulto ya no tan joven en búsqueda de música ochentera “bien”, o sea puro pop ochentero con harto rock latino y nada de extravagancias blondiescas. El ambiente, siempre pulcro y distinguido, sin peleas ni grandes emociones, ideal para llevar a la futura persona que ya se había comprometido a subir al altar contigo. Además, el sonido era increíble, y contaba con un restaurant en su interior. Entonces, no sé por qué se llamaba así. Podría haberse llamado “Peval”, “Dockers”, “Iberia”, o algo por el estilo. Su gran mérito fue sobrevivir a otras ilustres del género, como “Gente” y “Polo”. Si estás interesado, en su sitio web [www.lasbrujas.cl] están rematando el mobiliario….

Tantra Lounge

Si hubo un lugar que marcó el concepto de lo que es un lounge en Chile, y que además logró unir glamour extremo con el género musical electrónico en nuestro país, ese fue Tantra Lounge, ubicado en Barrio Bellavista. Más conocido como “el Tantra”, acudían en masa actores, estrellas de la televisión, diseñadores de moda, etc. El ingreso de personas al lugar estaba estrictamente controlado. Su punto más alto fue cuando Juan (ex Juanito) Yarur decidió celebrar su cumpleaños número 18 en este lugar, dándose el lujo de traer exclusivamente para esto a la cantante norteamericana Kym Mazelle. Fue el primer lugar en contar con tecnología de punta para los djs, además de que funcionaba en las tardes como bar restaurant. ¿Conoces esas camas y esa ambientación hindú que tiene el Kmazu? Son una copia rasca de la ambientación original del segundo piso del Tantra. Claro, es que Kmazu es una copia rasca del Tantra, con la gran diferencia de que se llena de modelos y futbolistas, en vez de actores y artistas plásticos.

La Cúpula de Cristal

Ubicado en las afueras de la ciudad de Antofagasta, este tugurio se caracterizaba por dos cosas: el cielo transparente que le daba el nombre a la disco, y un público, por decirlo menos, conflictivo. Era sabido que ir a la Cúpula de Cristal sin aunque fuese un linchaco (cosa que sí hizo un ex compañero de colegio mío) era ir a buscar problemas. Varios terminaron caminando por el desierto en pelota para regresar a casa. ¡Salud!

Primiteve

No, no es una falta de ortografía. Es la más antigua renovación de la vetusta Eve que presenciamos. Fue donde ensayamos nuestros primeros contoneos al son de los Backstreet Boys frente a algún púber lleno de espinillas que se movía como un botecito en alta mar. Fue la primera boité a las que nos dieron permiso para ir, bajo la condición de que nos fueran a buscar a las 2 de la mañana. Era muy poco tiempo para la fiesta, así que tuvimos que desarrollar una especie de ingenio para optimizar aquellas 2 horas y medias de fiesta. Recorrer aquel amplio y profundo antro con pinturas rupestres fosforescentes y un terodáctilo amenazante que emulaba la autoridad paterna, bailar en la tarima para mostrarse un poco y atraer rápidamente a alguna presa y luego sentarse a descansar en aquellos amplios e invitantes sillones dispuestos, estratégicamente alrededor de la pista de baile y sobre ella. Siempre mirando hacia ella, la guardadora de mil anécdotas, como la de un ex compañero de curso al que una “pinche” nocturna le pidió el celular… y el se lo regaló. ¡Plop!

Packard

Esta discoteque del barrio Suecia se las traía. Sus paredes de espejo y su escalera de caracol eran implementos que, definitivamente aprendimos a usar a nuestro favor para que no se nos pasara ni una. Las miradas furtivas, las bajadas de escalera como sacadas de la película Clueless y su –relativamente- cómodo sector de barra en el que siempre había espacio para una conversación, ehm, digamos, relativamente fluida. El lugar era pequeño pero siempre había mucha gente, multiplicada por los grandes espejos. Esto unido a la música que se componía de harto Juan Luis Guerra, harto Ricky Martin, harta J.Lo y los más recientes hits en inglés. Definitivamente era una gran opción a la hora de carretear. Bueno, por lo menos hasta que se cambiara de nombre, pusieran shows de vedettes y vedettos y te hicieran recitar enterito el RUT de tu carné falso para dejarte entrar.

Big Box

Otra boité del barrio Suecia, que atraía con su fachada azul y su terraza en la que se podía tomar un poco de aire luego de una maratón bailarina. Aquella terraza en la que alguna vez hubo que huir de alguna pareja de cuarentones entrados en tragos a los que les gustaba la sangre joven, seguramente porque la cercanía de las mesas hacía a algunos sentirse en confianza… La tónica no era tan distinta al resto de los lugares de Suecia, espacios pequeños en donde no sólo las mujeres tenían entrada gratis sino también regalos por estar ahí, como un par de pisco tours. Qué tiempos aquellos. Y de la gente, me remito a lo que alguien dijo por ahí: “los mismos jotes de todas partes”. La música en castellano era el fuerte del lugar: esa cancioncita de Antonio Banderas, El Símbolo, Vilma Palma e Vampiros y otros nos taladraron el cerebro noche a noche, dejando el espacio suficiente para algún impulsivo amor que trascendió de la noche sueca.

Green Bull

Este pub-discoteque (dependiendo de la hora) del barrio suecia funcionaba como pub hasta la 1 y luego sacaban las mesas y empezaba el baile. A la entrada te ponían un timbre en la mano (a veces los guardias se ponían confianzudos, condicionando la entrada a estampar un timbre en lugares un poco más exóticos), con el que podías salir y entrar cuantas veces quisieras. Pero estaba siempre repleto. Y había más viejos que en otros lados. Así que saquen sus conclusiones. ¡Ah! ¿¡Pero cómo olvidarlo!? Si ahí conocimos a los dos primeros eliminados de Protagonistas de la Fama que fueron a bailar sus penas a ese lugar… Este es el único dinosaurio que sobrevive aún en nuestros días, con tanto éxito que abrieron una segunda sucursal, justo al lado: Red Bull.

Coco Bongo

Tan sólo llegar a esta altiplánica discoteque capitalina, ubicada en la Plaza San Enrique era una aventura en sí misma. Nos bajábamos en patota de la micro, con actitud desafiante o bien tratando de hacerla piola si era la mamá de alguno la responsable de nuestra llegada segura al lugar. Buscábamos en seguida nuestro grupo, que se confundía con los muchos grupos de tempranos adolescentes que inundaban las afueras de las discoteques y la plaza. Aquí el público era mucho más homogéneo que en Suecia: en lugar de niñas y viejos verdes encontrábamos puros quinceañeros… bueno, y algunos “verdes” de 20, 22 años. Los más raperitos se iban al Poncho Arriero (vid. infra) y los más poperos al Coco Bongo. La razón hasta el día de hoy no la sé, porque la música era incluso más popera en el Poncho. En la Coco Bongo tocaban harto rock de los ochentas y principios de los noventas, harto pop en inglés y las típicas canciones pachangueras. Además, entrar era más desafiante que en el Poncho, pues aquí había que urdir todo tipo de estrategias para que las caras de guagua pasaran piola, como dejar pasar primero a las más altas y voluptuosas. Incluso, había afuera un tipo vendiendo (o arrendando) carnés falsos (¿robados?).

Poncho Arriero

Refugio de los más raperitos visitantes nocturnos de las discoteques de la Plaza San Enrique. La discoteque era larga y angosta. La guardarropía primero, luego la barra y pista de baile, luego sillones estratégicamente poco iluminados. Había incluso un patio con unos columpios, quizá porque los dueños imaginaban la edad de su público. Las bajitas tarimas se inundaban de mujeres-en-proyecto que intentaban moverse de una manera más o menos sensual. Bajo la tarima, los hombres-en-proyecto mirando, como gatos intentando escoger el más tentador bistec. La música: éxitos del pop nacional y extranjero. Y el apestosísimo remix de todas-las-canciones-de-Luis-Miguel y de Cosmic Girl de Jamiroquai que nunca, nunca faltaban. En la pista, se esparcían atropelladas parejas intentando algún baile en que el que guiaba era el más experto. Si no eras tú aquel, más te valía cuidarte del exceso de auto-confianza de tu compañero.

Profesor.

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Fotografía de Marlon Francisco.

Cuando quedan los últimos minutos de la celebración del día del profesor, recuerdo la enorme cantidad de profesionales de la pedagogía que han pasado por mi vida. Mis tres guías de tesis, que estuvieron dispuestos a apoyar la poca ortodoxia de mis propuestas. El maestro que, en mi soledad teenager, se ofreció a cumplir un trámite angustiante para mí. Los que se quedaron después de clases, cediendo su escaso tiempo marginal a un chico algo tonto llamado Rodrigo Arenas-Carter. Los que, cuando me tocó hacer clases, me enseñaron a enseñar. Mis primos y tíos llegando a casa con cientos de pruebas para revisar mientras tomaban el café que el sueldo exiguo permitía. Mi mamá, una pionera de la pedagogía femenina en un área tan áspera como la Ingeniería en Minas. Mi padre, revisando pruebas el sábado en la noche, mientras yo veía películas de terror italianas que eran lo único que podía superar mis terrores adolescentes.

Pero, sin duda alguna, en este minuto de mi vida hay uno que recuerdo con particular aprecio.

Aquel profesor de artes plásticas que siempre me dijo que no servía para nada. Que no sabía y que nunca aprendería a dibujar, a pintar, a modelar con greda, a hacer un mueble, a armar un collage. Aquel que me humilló tantas veces en el patio, mientras se reía de mis horrendamente defectuosos intentos creativos. Fue allí, que me di cuenta que sólo tenía a la literatura. Y fue así que me acerqué al punk y al hip hop, los dos géneros no virtuosos por excelencia. Mucho tiempo después, perdido y algo asustado en Nueva York, un viernes por la tarde conocería lo que es la performance y otra puerta se me abría.

Y ya nada sería igual.

A él le doy particularmente las gracias, porque su desafío de armar soluciones estéticas desde la no-virtuosidad es lo que me ha llevado a este minuto de mi vida. Gracias a él he conocido a personas y ciudades extraordinarias(*). Gracias a él y su meta imposible es que nunca he tenido miedo en asumir retos del porte de un rascacielos. Gracias a él, y por supuesto gracias a todos los demás docentes que han sabido impulsarme por territorios nuevos y seductores. Lo digo en presente porque aún soy un ignorante, y porque aún tengo la suerte de seguir siendo, alumno.

(*) Porque, para mí, las ciudades son creaturas vivas.

10 hitos en la historia pop del páis en el que nací.

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1935: La diva argentina Libertad Lamarque intenta suicidarse saltando por una ventana del Hotel Crillón. Un toldo la salva. Nace así, la farándula nacional.

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1960: El Teatro de Ensayo de la Universidad Católica estrena “La Pérgola de Las Flores”, la única comedia musical exitosa made in schile.

1984: Raquel Argandoña se casa con Eliseo Salazar, el primer megamatrimonio en territorio nacional. La historia termina en el mito de la balacera.

1985: Haciéndole honor a su nombre, el Mago Oli casi se ahoga en vivo y en directo durante la ejecución de uno de sus trucos. Nunca más la televisión volvió a ser la misma.

1987: Cecilia Bolocco es elegida Miss Universo. El delirio es absoluto.

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1991: Nace “Zona de Contacto”, suplemento del diario El Mercurio que arrastrará a dos generaciones al mundo de las letras, incluyéndome.

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Noviembre de 1991: Alberto Fuguet publica su primera novela, “Mala Onda”. Para disgusto de los intelectuales de izquierda y de los poetas de bar, el libro vende miles de copias e inicia una revitalización de la narrativa chilena.

1996: Se estrena “Takilleitor”. La critica la destroza y el público la ignora. Hoy, se le considera un mito, una obra maestra y total.

1999: La banda Glup realiza un cover de Pink Floyd en el programa “Titi Pelacables”, y de paso le pegan a los camarógrafos, rompen los micrófonos e insultan a todos los que pueden.

2000: Leonardo Barrera dirige la primera cinta porno nacional, “Historias de una Adolescente Ninfomaníaca”.

Racismo lingüístico chileno… de un chileno fuera de Chile.

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En un grupo de Facebook, me vi envuelto en una conversación iniciada por un chileno que se quejaba de otros chilenos que, viviendo en Estados Unidos, habían empezado a utilizar palabras que normalmente no están en el “español de Chile”. Puntualmente, se refería al uso de “parquear” en vez de estacionar, término ampliamente utilizado en Mesoamérica y en el mundo latino de USA.

Claramente, primero habría que hacer las consideraciones lingüísticas de rigor. El proceso por el cuál se incorporan palabras desde un idioma a otro es el préstamo, y en este caso claramente se ha adoptado (y adaptado) un término proveniente del idioma inglés. Esto es un caso particular de barbarismo, término que también es interpretado como “Incorrección lingüística que consiste en pronunciar o escribir mal las palabras, o en emplear vocablos impropios“. Por lo tanto, hay una connotación negativa detrás.

Y este es el aspecto que me molesta.

Detrás del post original de Facebook había una intención de establecer la “pureza” del dialecto chileno del español, lo que esconde una intención chauvinista y de nacionalismo extremo, más aún pensando en alguien que, por una circunstancia determinada, vive fuera de Chile. No puedo dejar de asociar este tipo de “quejas” con el desprecio racial que muchos chilenos muestran por sus vecinos latinoamericanos (exceptuando a los Argentinos, Uruguayos y Brasileños, claro está). [Nótese que “parquear” aparece en el diccionario de la RAE].

Y es que, desde Nicolás Palacios y su (ahora) risible textito “Raza Chilena”, hasta el mal trato que muchos chilenos dan a los inmigrantes contemporáneos, un patético sentido de superioridad ha rondado por el país, incluso a niveles del lenguaje. Yo creo que la función principal del lenguaje es comunicar, o sea es un sistema funcional, y es un sistema abierto y dinámico. Por lo tanto, exigirle al lenguaje que no admita cambios es imposible, y menos asociar dichos cambios con problemas de “linaje”, proyectando por medio del dialecto el fantasma de la predominancia racial del chileno, fantasma cuyos efectos destructores ya conocemos demasiado bien.

Una maleta

Desde hace años, he intentado reducir todas mis pertenencias a lo que cabe dentro de una maleta. Claro, dejo de lado dos cosas: los libros y mi computadora. Pero quiero que el resto de mis pertenencias puedan caber sólo en una maleta, y nada más. Hasta el día de hoy, todavía no he sido capaz de hacerlo, pero vamos en camino. Mientras tanto, pienso en el trabajo de María José Hincapié llamado “Una Cosa es Una Cosa” (1990), en la que distribuye por el suelo todas sus posesiones materiales. Pieza de gran poesía y que nos habla de cómo nos hemos ido reduciendo a cosas, a “lo que tengo” o “lo que puedo tener”, como si sufriéramos un Mal de Diógenes masivo y megalómano, una enfermedad mental que no pasa de ser más que un signo de nuestra terrible soledad contemporánea.

Imagen de Juan Pernia bajo licencia Creative Commons

El fin de una era: adiós a Divertimento.

Luego de un día muy agitado, llego a mi depa en Ciudad de Guatemala, me conecto, y me topo con esto:

Es el fin de 14 años de la mejor pareja radial de Chile.

Desde que me fui de mi país, se me hizo más difícil seguir escuchándolos. Sin embargo, no dejo de pensar en que este viernes es la última emisión. Divertimento había sobrevivido a cambios de parrilla, a cambios de dueños, a los cambios tecnológicos en los medios de comunicación. De hecho, una de sus grandes cualidades, y que es parte del secreto de su éxito, es que Divertimento fue uno de los primeros programas que recurrió a Internet para generar una interacción efectiva con sus auditores. Por medio de las redes sociales, en Divertimento se compartían opiniones, se dialogaba con María Gracia y Rodrigo, se entregaban datos, se bromeaba.

Pero este par fue más allá de todo eso.

Una tarde de verano en Santiago de Chile, un grupo de auditores nos reunimos a compartir con ambos locutores, y por iniciativa de ellos mismos. Debo admitir que me impresionó Rodrigo Guendelman. Un tipo extremadamente caballero, integrador, culto, divertido, que nos hizo sentir que esa reunión era entre amigos que se conocían hace mucho tiempo. Y no fue la única. Lo más increíble, es que aún sigo en contacto con muchas personas que conocí en esas ocasiones, pese a la distancia y el tiempo.

Es que Divertimento, más que un programa de radio, era una comunidad en la cuál la química era fundamental. Conversé con muchas personas que no escuchaban el programa, no porque lo encontraran malo, sino porque no enganchaban con los temas y los anfitriones. Había algo que iba más allá de la excelente selección musical, o de las notables habilidades comunicacionales y el fiato insuperable de la dupla Subercaseaux-Guendelman.

Esa química y esos recuerdos son los que me llevan a escribir esto a la 1 de la madrugada de un día lunes. Y, dentro de esas memorias, hay recuerdos notables, como cuando Rodrigo destrozó una radio reloj en vivo.


O por ejemplo, el caso de una amiga que, años atrás, había publicado su primer libro. Ella, mujer muy inteligente y crítica, me confesó que de todas las personas que la habían entrevistado, sólo los anfitriones de Divertimento habían leído su obra.

O cuando muchos de nosotros nos enteramos de la muerte de Michael Jackson en la voz de uno de sus admiradores.

O la inolvidable entrevista a Pet Shop Boys.

Por otro lado, muy pocos programas de televisión hicieron eco del éxito de Divertimento. Uno de ellos fue El Lado C.

En fin, esta no es más que la crónica de un fan que se dejó acompañar por Divertimento durante muchos años y en diferentes horarios, y que tuvo la suerte de participar un poquito más de cerca de un programa que se inscribe, junto a otros como Radio Tanda, Haciendo Ruido, El Chacotero Sentimental, Dr. Mortis, Discomanía, Cocaví, y Bacalaos Daos, entre los grandes de la entrañable historia de la radiotelefonía chilena.

Featured Image por Andrea Gana

Un año sin AFP

Hoy cumplo exactamente un año fuera de Chile. Por supuesto, esto obedece a razones personales, pero como en todo hacer humano, también tiene un trasfondo político. En este campo, uno de los aspectos que más disfruto (este es el término exacto) es el de no estar contribuyendo con nuevos recursos, desde hace un año, al sistema de la AFP.

No quiero entrar mucho en la discusión sobre el sistema de previsión forzado en Chile. Creo que gran parte de las fuerzas activas de la sociedad están de acuerdo en que, por un sinnúmero de razones, el sistema sólo beneficia a los grandes conglomerados financieros. Lo triste es que tuvimos que ver la miseria de los primeros jubilados del sistema para empezar a cuestionarlo. Yo no conozco algún estudio económico que haya advertido al respecto, todo fue ex-post, demostrando de nuevo que la economía (puntualmente la macroeconomía) es una seudociencia llena de supuestos reduccionistas que está al servicio de unos pocos, incluyendo los mismos economistas. Yo soy economista, por lo que puedo decir que hablo desde dentro. Pero ese es otro tema que merece un diferente tratamiento.

Es terrible pensar que existen solo tres formas de escapar a contribuir forzosamente al sistema de la AFP antes de jubilar: irte del país, quedar cesante, o morirte. Yo tomé la primera alternativa, pero obviamente no todos pueden o les interesa hacerlo ya que, como lo dije, esto obedece a varios factores personales. En ese sentido, creo que el sistema se queda corto en opciones. Si se desea, puede intentarse “perfeccionar” un sistema que ya ha sido probado y abandonado en varios países, como Hungría, Polonia y Bolivia, aunque ese “perfeccionar” no sea más que una solución parche. Por otro lado, está la ilusión del discurso: la discusión sobre la libertad en el sistema de AFP se plantea desde la capacidad del afiliado de moverse de una AFP a otra, o de un fondo a otro. No. Libertad implicaría la capacidad de tener la alternativa de optar por otro sistema de pensiones, como el de reparto o incluso la capacidad de administrar de manera libre los ahorros personales destinados a previsión. Al respecto, ¿no son los partidarios del libre mercado personas amigas del concepto de libertad personal? Una parte de la población chilena está bien educada financieramente como para poder manejar sus fondos previsionales por ellos mismos.

En ese sentido, creo que se puede armar una interesante transición, haciendo convivir a las AFP con una sistema que se maneje en base a un sistema de reparto. Se esperará que gran parte de la población mueva sus recursos al nuevo sistema, y las AFP tradicionales pondrán el grito en el cielo diciendo cuánto les afecta eso. Pero, ¿no defienden tanto las AFP al libre mercado? Competir contra el estado en diversas industrias, eso también es libre mercado. Recordemos, además, que libre mercado implica oferentes atomizados, mientras que en el mercado de las AFP chileno la concentración cada vez es mayor. Mientras tanto, y no puedo negarlo, disfruto cuando me llega un mail de la AFP preguntando por qué no estoy cotizando. Obviamente a ellos no les interesa mi jubilación: les interesa tener recursos frescos. Nada más.

Para más sobre el movimiento chileno de oposición a las AFPs véase: No + AFP

Foto: Roxana Miranda / http://www.roxanamiranda.cl / wikipedia.org