La Humillación

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La humillación es pariente cercana del bullying, quizás su ancestro o hijo, no lo sé.

La mayor parte de las veces, la humillación sólo pretende desmoralizar a la víctima. En otras, su objetivo se extiende a los que la rodean: no seas así, sino la vergüenza será tu sombra.

Pero en ciertas ocasiones, la humillación es silenciosa. Como cuando eres el fantasma de la fiesta. La soledad pública y publicitada, el aislamiento, el desmérito, son formas menos exploradas, pero quizás incluso más crueles de la humillación.

Al final, yo humillo, tu humillas, todos humillamos y hemos sido humillados. La historia seguirá, pero tenemos que tener la lucidez suficiente para leer las humillaciones, saber identificarlas, y enfrentarlas con la altura de mira que merece el respeto interior que cada uno se debe consigo mismo.

Profesor.

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Fotografía de Marlon Francisco.

Cuando quedan los últimos minutos de la celebración del día del profesor, recuerdo la enorme cantidad de profesionales de la pedagogía que han pasado por mi vida. Mis tres guías de tesis, que estuvieron dispuestos a apoyar la poca ortodoxia de mis propuestas. El maestro que, en mi soledad teenager, se ofreció a cumplir un trámite angustiante para mí. Los que se quedaron después de clases, cediendo su escaso tiempo marginal a un chico algo tonto llamado Rodrigo Arenas-Carter. Los que, cuando me tocó hacer clases, me enseñaron a enseñar. Mis primos y tíos llegando a casa con cientos de pruebas para revisar mientras tomaban el café que el sueldo exiguo permitía. Mi mamá, una pionera de la pedagogía femenina en un área tan áspera como la Ingeniería en Minas. Mi padre, revisando pruebas el sábado en la noche, mientras yo veía películas de terror italianas que eran lo único que podía superar mis terrores adolescentes.

Pero, sin duda alguna, en este minuto de mi vida hay uno que recuerdo con particular aprecio.

Aquel profesor de artes plásticas que siempre me dijo que no servía para nada. Que no sabía y que nunca aprendería a dibujar, a pintar, a modelar con greda, a hacer un mueble, a armar un collage. Aquel que me humilló tantas veces en el patio, mientras se reía de mis horrendamente defectuosos intentos creativos. Fue allí, que me di cuenta que sólo tenía a la literatura. Y fue así que me acerqué al punk y al hip hop, los dos géneros no virtuosos por excelencia. Mucho tiempo después, perdido y algo asustado en Nueva York, un viernes por la tarde conocería lo que es la performance y otra puerta se me abría.

Y ya nada sería igual.

A él le doy particularmente las gracias, porque su desafío de armar soluciones estéticas desde la no-virtuosidad es lo que me ha llevado a este minuto de mi vida. Gracias a él he conocido a personas y ciudades extraordinarias(*). Gracias a él y su meta imposible es que nunca he tenido miedo en asumir retos del porte de un rascacielos. Gracias a él, y por supuesto gracias a todos los demás docentes que han sabido impulsarme por territorios nuevos y seductores. Lo digo en presente porque aún soy un ignorante, y porque aún tengo la suerte de seguir siendo, alumno.

(*) Porque, para mí, las ciudades son creaturas vivas.

para Claudia.

te fuiste en silencio, sin malabarismos mediáticos ni grandilocuencias innecesarias. sin embargo, la ciudad resiente infinitamente tu partida, tu ausencia, la alteración del tiempo y del espacio que deja tu sombra. todo porque eras parte de la belleza de jackson heights, el amor de la avenida que hace a la urbe respirar entre las sombras y que genera un nuevo universo cada vez que cae la noche.


puedo imaginarte recién llegada, con miedo en la piel, recorriendo las luces de la esperanza que nos ha dado el reino de queens a tantos que dejamos nuestros mejores movimientos cincelados en la memoria kinésica de esas calles. puedo imaginarte maravillada por la multiplicación exponencial de las posibilidades, por la esperanza inconmensurable que desde el centro de tu cuerpo alimentaba tu fuerza infinita para transformar tu vida y la de los que amabas.

y están tus manos.

tus manos, deslizándose a través de los días asfaltados para preparar delicias al paso que aliviaban a nosotros,  los apurados, a los que la ciudad se nos disolvía en un segundo porque la vida se había trasformado en un conjunto de edificios conectado por callejuelas enormes.  y siempre la ciudad acogiéndote aunque el frió congelara tus pasos o el calor fuera un desafío a tu paciencia. la metrópoli, el asfalto, hablándote en susurros al amanecer, diciéndote que todo iba a estar bien, que algo te iba a proteger en tu heroica labor de vencer cada día con tus dulces y tu sonrisa.

heroísmo titánico, digno de ser homenajeado por calles y avenidas que deberían llevar tu nombre. veinte años de amor ininterrumpidos, mientras, pienso en el honor que siento de haber comprado, aunque fuera sólo una vez, unos churros en tu carrito que era brillante como una estrella. pienso en ese honor y en la esperanza de saber que existe gente como tú, afuera, en algún lugar que aparentemente está tan lejano de mí pero en el cuál pienso cada día al despertar en algún punto del planeta.

te fuiste como los imprescindibles, en silencio, sin grandes titulares en la prensa porque no los necesitas, sin selfies ni video clips, tranquila, resplandeciente.

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